La foto unitaria es necesaria, pero no suficiente
¿Qué ingredientes necesita la estrategia de la oposición para asumir la transición interna del movimiento?
Este es el primero de una serie de artículos para Hacha y Machete, de diagnóstico y pronóstico sobre la ¿transición? en Venezuela.
Isabella Picón es estudiante de doctorado en Ciencias Políticas en George Washington University. Tiene más de 15 años de experiencia en campañas electorales, resistencia civil, organización de base, investigación y análisis de entorno, especializándose en la resistencia al autoritarismo en Venezuela. Puedes leerla en Substack, X e Instagram.
Una versión en inglés de este artículo está publicada en Caracas Chronicles.
En Panamá se logró la consabida foto unitaria. Esa foto siempre es difícil de conseguir. Es un primer paso necesario que no garantiza el objetivo final. Allí se acordó luchar por elecciones libres y que la candidata en una eventual elección sea María Corina Machado, quien prometió regresar antes de finales de 2026.
En términos relativos —comparando con hace cinco meses—, cuando este grupo de personas estaba disperso, a la expectativa, en el exilio y en la clandestinidad, esto es un hito que debería generar optimismo. Pero todavía no es un inmenso logro del que toda la sociedad pueda sentirse orgullosa, como sí lo fueron, por ejemplo, las primarias de 2023.
En términos absolutos, frente a la inmensidad del reto democratizador, la foto unitaria, el regreso de algunos líderes exiliados y la salida de la clandestinidad siguen siendo insuficientes. Ni siquiera estoy diciendo que el saldo sea negativo. Digo algo distinto: la tendencia actual es negativa porque la dinámica política nos mantiene reaccionando ante el horror del régimen: los casos de Víctor Quero y Carmen Teresa Navas son hoy los ejemplos más emblemáticos.
Un artículo reciente de Alejandro Tarre sostiene que “un gran retorno de la oposición conllevaría una realineación de los incentivos de los principales actores que favorecería la transición”. La intuición me parece correcta, pero incompleta. Varios líderes han regresado al país o salido de la clandestinidad sin que necesariamente exista una agenda clara para lograr elecciones libres, reconocidas por todos los actores y políticamente vinculantes.
El retorno y la foto pueden alterar los incentivos solo si se convierten en una estrategia pública, coordinada y comprensible para la gente.
Estos son los elementos principales que debería contener esa estrategia:
1. Una clara división de roles y responsabilidades
Abrir el juego implica, primero, una clara división de roles y responsabilidades. María Corina Machado y Juan Pablo Guanipa pueden encarnar una suerte de “policía bueno / policía malo” del movimiento democrático:
El “policía bueno” es María Corina Machado, quien debe mantener una línea de comunicación más conforme con la política de Trump hacia Venezuela.
El “policía malo” es Juan Pablo Guanipa, quien enarbola un discurso cada vez más impaciente sobre el objetivo de la transición democrática.
Pero esa diferenciación no puede limitarse solo a los liderazgos nacionales. También son cruciales los estudiantes, los grupos de víctimas y defensores de derechos humanos, los sindicatos y las organizaciones sociales en el terreno. Lo clave es que la diferenciación de roles no sea improvisada ni competitiva, sino coordinada. Abrir el juego no implica diluir la conducción política; significa ampliar el campo de acción del movimiento democrático.
2. Combinar la negociación con la protesta
No hay contradicción entre ambas cosas. La negociación sin presión social se convierte en la administración del estancamiento. La protesta, sin una ruta política, se escurre o se agota. Lo necesario es darle contenido a la calle: no solo movilizar contra el horror, sino también a favor de una agenda concreta de transición.
El rol de estos movimientos es protestar, proponer y exponer qué tipo de transición quieren. Así como los estudiantes de la generación 2007 asumieron la campaña por el referéndum constitucional y la ganaron, estos movimientos de base también deberían asumir un rol de propuesta en el tipo de transición con el que se sienten identificados. Esto requiere organizar una “mesa social” en la que se coordinen las distintas causas.
Son ríos autónomos que eventualmente confluirán en un mismo lago: elecciones libres y un gran acuerdo nacional sobre la ruta de las políticas públicas poselectorales. Cada uno tiene su identidad y dinámica, pero debe procurarse cierta coordinación y comunicación entre ellos y con la agenda política nacional.
La protesta también representa un dilema constante para el Rodrigato, un “litmus test” de su aparente liberalización. La protesta debe ser pacífica y disciplinada para exacerbar el dilema del opresor.
3. Abrir la conversación sobre la transición
Es deber del movimiento promover una discusión abierta sobre la transición para entender qué significa, cómo se construye y cuáles son sus dilemas. Los dilemas no se resuelven: simplemente se sopesan en términos de riesgos, beneficios, oportunidades y amenazas. Si la transición democrática es realmente “a la venezolana”, hay que sacar el debate sobre de los salones de Washington D.C. y de Caracas. No todo se decidió en Panamá.
Esa conversación debería tener, al menos, tres dimensiones:
La dimensión político-institucional: ¿Qué garantías mínimas hacen posible una transición? ¿Qué condiciones convierten una elección en vinculante? ¿Debemos hacer una constituyente? ¿Debemos comenzar por una elección presidencial o por una parlamentaria? ¿Cuáles son los pros y los contras de cada opción?
La social-humanitaria: ¿Cómo se conectan las reformas institucionales con las necesidades diarias de la gente (salarios, servicios, seguridad, retorno, justicia, familia)?
La electoral: ¿Cuál debe ser la secuenciación de las elecciones? (tengo entendido que en Panamá no hubo acuerdo sobre esto). ¿Debemos tener un sistema de votación manual? ¿Cómo asegurar un CNE confiable y quiénes deben conformarlo? ¿Qué expectativas hay y qué pasos requiere para lograr la inclusión política de la diáspora y de millones de ciudadanos dentro de Venezuela que no pueden votar?
Antes de las primarias de 2023, hubo una experiencia fundamental para darles impulso: el debate “Hablan los Candidatos”, organizado por estudiantes y activistas en julio de 2023 en el Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello. Imaginemos ahora un evento o una serie de eventos mucho mayor. Pero ya no se tratará de candidatos, sino de reunir a distintos grupos y personas para debatir las diversas y legítimas visiones sobre la transición.
4. Usar la tecnología con audacia
La tecnología puede ser una herramienta central para esta deliberación. No para sustituir la organización territorial, sino para ampliarla. Consultas digitales, asambleas híbridas, espacios de conversación con la diáspora, mecanismos de coordinación entre gremios, estudiantes, partidos, sindicatos, víctimas y organizaciones sociales: todo eso puede ayudar a reconstruir una infraestructura democrática de participación.
Para las primarias y para el 28 de julio hicimos un uso ejemplar e innovador de la tecnología. Mediante diferentes aplicaciones, la gente encontró sus centros de votación, presentó denuncias, participó en la defensa y en la publicación de los resultados. Tenemos que usar la tecnología con la misma audacia, pero ahora no solo para votar o defender votos, sino también para deliberar, coordinar y difundir la agenda de la transición democrática.
5. Planificar la secuencia
La experiencia de enero de 2019 recuerda algo importante: los hitos políticos no se improvisan. Aquella jugada —estemos de acuerdo o no con sus tácticas y consecuencias— se planificó con meses de anticipación entre partidos, la sociedad civil y la dirigencia política de la Asamblea Nacional de 2015. Hoy hace falta una preparación semejante, pero con una lección adicional que puede ser crucial: no basta con producir un hito; hay que construir una secuencia.
Una foto unitaria puede ser el comienzo de una etapa. Un retorno puede ayudar a modificar las expectativas de la gente o de los potenciales electores. Una protesta con represión puede poner a prueba los límites de la liberalización, algo que ya hemos visto este año con los estudiantes, los empleados públicos y los pensionados. Un debate público puede ordenar las distintas visiones sobre la transición, dándole oxígeno y alimento a una opinión pública que todavía no cuenta con muchos espacios de encuentro más allá de X. Una plataforma tecnológica puede ampliar la deliberación.
Pero nada de eso, por separado, constituye una estrategia.
Asumir nuestra propia transición
Antes de que logremos la transición democrática, es el movimiento democrático venezolano el que debe asumir su propia transición internamente. Salir de la clandestinidad y del exilio a la calle, pero asumiendo este reto con estrategias tan coordinadas como audaces.
El movimiento democrático ya ha encontrado soluciones innovadoras, inteligentes y populares a dilemas políticos. Hemos sacado conejos del sombrero que fueron jugadas brillantes en el juego más perverso. Conejos que no aparecieron por arte de magia. No fueron jugadas fortuitas ni casuales: vinieron de la capacidad del movimiento democrático para reinterpretar su contexto, revisar errores y adaptar su repertorio de acción para abrir una nueva oportunidad.
La próxima jugada debe surgir de los aprendizajes y logros que ya forman parte del acervo democrático del movimiento. Hagamos lo que ya hemos hecho, lo que ya sabemos hacer: abramos el juego. Saquemos a la gente de las gradas. Convirtamos la indignación en agenda. Transformemos el retorno en conducción.





